miércoles, marzo 30, 2005

Insurrecta

El domingo, en la ciudad sureña de Las Grutas, rompí, nuevamente, con una regla/recomendación de mi infancia: sujeté y subí mi pollera con entusiasmo, caminé a los saltos, dando chapotazos; luego en forma lenta, dejaba (y miraba) mis huellas confundirse con la arena, algas y caracolitos. Mientras mis mejillas miraban al cielo, cerré los ojos y sentí cómo las gotas de la lluvia mojaban mis lágrimas.

Y ningún rayo cayó al agua, madre.




LLORAR A LÁGRIMA VIVA

Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Oliverio Girondo.

1 comentario:

el espacio real dijo...

...sí, por cosas así es que te quiero bonecita...

...estoy llorando de alegría...

:)