Incluso un viaje a Tornquist y a Sierra de la Ventana por motivos laborales de él:
En casa de Marian aprendimos a hacer guacamole (para los taquitos) y caipirinha:
Fraternizar te cura.

En verano repito el ritual:
elegir el lugar (ahora, de grande)
con pastito. Esperar a que el río crezca,
avanzar con cuidado por las bolsas de arena
que funcionan de vallado para que el agua
no se coma la costa.
Colocando el pie con precaución
para no resbalar y lanzarse
de lleno para esquivar el frío preliminar.
Ya nadando –cerca de los muelles y
el barco hundido-
inventar estilos y formas.
De regreso a la orilla siempre sumergirse
hasta lo más hondo posible.
Si es jueves, viernes, sábado o domingo
el catamarán hace un recorrido de
puente a puente. La gente se sienta con sus cámaras
y filmadoras, mirando el panorama.
Los que nadamos saludamos
con fuerza tratando de no hundirnos.
Luego queda el oleaje repentino
causado por la fuerza motora
y los chicos en kayak
aprovechan la propulsión
(también cuando pasan lanchas
y los gomones de prefectura).
A veces la felicidad es hacer la plancha
mientras mi novio o mamá toman mate;
mirar los árboles hasta que una ola
descontrola el equilibrio
y mi nariz se llena de agua.








